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El derecho al juego en la ciudad | Sabrina Gaudino

El derecho al juego en la ciudad | Sabrina Gaudino

Hablar del juego nos remite a la infancia, a la manifestación de la libertad y la espontaneidad, elementos esenciales para el crecimiento y la socialización, por lo que es consecuente que ésta práctica aluda al espacio exterior más próximo donde se debe desarrollar: el espacio público. La ciudad, la calle y la plaza son el soporte de nuestras actividades, el lugar donde se produce todo el complejo social. No en vano la relación entre el juego y la calle tiene una connotación antropológica que hunde sus raíces en la gestación de las sociedades y las diversas formas culturales. «La cultura no surge del juego, sino que se desarrolla en el juego y como juego» [1]

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Según el filósofo e historiador Johan Huizinga, el juego cumple una función biológica y dentro de una comunidad es un vector para la socialización y la conexión de las personas, lo que viene determinado como una función cultural. El psicopedagogo Francesco Tonucci, investigador y activista en la protección de la infancia, argumenta que el mejor indicativo de que una ciudad se ha recuperado es que los niños puedan jugar en sus calles [2]. Una ciudad amable es aquella donde los niños pueden jugar en las calles.

En base a los datos aportados por UNICEF en el informe «Estado Mundial de la Infancia 2012» [3], para el año 2025 la población urbana infantil en el mundo será del 63%; considerando que la población mundial infantil es mayoritariamente urbana cabe plantearse el papel de las ciudades y de los espacios públicos en el sano desarrollo de los niños. El entorno para la infancia es de tal importancia que en el Artículo 31 de la Convención de los Derechos del Niño «los Estados Partes reconocen el derecho del niño al descanso y el esparcimiento, al juego y a las actividades recreativas propias de su edad y a participar libremente en la vida cultural y en las artes» [4]. En ésta línea, la UNICEF puso en marcha en el año 1996 «la Iniciativa de las Ciudades Amigas de la Infancia», con el objetivo de garantizar mejores condiciones de vida y desarrollo para niños y niñas a partir de políticas municipales enfocadas en los derechos. Por tanto, así como todos los niños y niñas tienen derecho a la vivienda y al acceso a servicios para el desarrollo de una vida plena, el espacio para el juego es también un derecho y una función que deben cumplir las ciudades. 

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Sin embargo, el juego en el espacio público es una actividad que se ha visto restringida de distintas formas: ordenanzas que prohíben el juego en las calles, la inseguridad, modelos de consumo que han determinado nuevas formas de juego (principalmente en espacios interiores) y nuevas formas de uso del tiempo libre. En la historia urbana, las ciudades siempre han tenido un carácter gregario y las calles no siempre permitieron el juego, éste estuvo relegado al patio del colegio o al campo. Con la modernidad tampoco cambió mucho la dinámica, y a pesar de casos puntuales pero ejemplares como los famosos playground del siglo XX que se desarrollaron en base al concepto del juego como elemento de sutura socio-urbana, los espacios lúdicos se han proyectado en serie, a partir de estrictos estándares de seguridad y relegados a determinados metros cuadrados: el parque infantil.

Estos espacios producidos en serie, por bien intencionados —y en algunos casos necesarios— no dejan de ser modelos que alejan a los niños de la improvisación y del contacto con una dimensión más amplia de lo urbano; por lo que la actividad lúdica libre y espontánea está condicionada. De aquí que el parque en su forma estandarizada, pese a su carácter positivo y más allá de cubrir una necesidad, tenga una connotación rígida dentro de la programación urbana. Éste modelo se contrapone a la idea que tenía Aldo van Eyck de los espacios para el juego; él pensaba que estos debían estar integrados en las calles y plazas, de modo que sus elementos —las estructuras, objetos y artilugios para el juego— se diluyeran en el paisaje urbano.

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Decía Robert Moses, el controvertido «master builder» de New York, que «los parques son un símbolo visible de la democracia», en un contexto en el que, paradójicamente, se venía configurando una ciudad sin espacios para el encuentro. Con argucia se vendió la idea de libertad, mientras los espacios segregaban. En base a este argumento, el diseño de las zonas de juego ha seguido la pauta de la estandarización en un proceso de desconfiguración de las relaciones naturales con el contexto. Es así como cada día los niños son transportados de un espacio a otro como si de una travesía intergaláctica se tratara: de la casa al parque y del parque a la casa, —así como sus padres lo hacen en auto: de la casa al trabajo y del trabajo a la casa.

La espontaneidad es un carácter que se ha perdido en la sociedad del control, aquella que brota de los niños pero que se ve reducida a los pocos metros cuadrados de una zona de juegos,  delimitada por unas vallas que separa a los niños de la realidad. El juego en la ciudad contemporánea es una ficción diseñada con códigos de máxima seguridad. Sin embargo, en ciudades donde la calle es símbolo de peligro, por el predominio del tráfico en las calles, por la delincuencia imperante o por la ausencia de espacios públicos, los parques infantiles son la única alternativa para el juego en exteriores.

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La falta de contacto con la realidad exterior más próxima —la urbana— es una forma de alienación que viene determinada por el ritmo de vida y por el modelo de consumo; en consecuencia, las zonas de juego se convierten en soluciones parciales dentro de un programa que evade la complejidad de las interacciones sociales. El parque infantil es hoy comparable al centro comercial, se consume de forma autómata y se acepta como normal, lo que nos hace inferir que dentro de la estructura social los niños deben entender que el futuro que les espera es un continuo de actividades programadas dentro de unos espacios controlados. La premisa de la seguridad ha sido el argumento con el que políticos y planificadores urbanos han conseguido degradar el derecho al juego en el espacio público, y el derecho a la ciudad.

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En la consolidación del derecho a ciudades amables, inclusivas y lúdicas es fundamental la participación de niños y niñas, por lo que redefinir los modelos de planificación y acción sobre el espacio público pasa necesariamente por considerar la opinión, las necesidades y las ideas de los usuarios. Por otro lado, la planificación y gestión del espacio público debe partir de la experimentación antes que de la intervención, entendiendo las dinámicas del espacio, sus conflictos y los valores socio-culturales. Las ciudades deben garantizar la protección de la infancia y esto solo puede ocurrir en un contexto político, social y cultural donde la voz de los niños tenga un valor preponderante y los derechos sean, realmente, los pilares de la sociedad.

Sabrina Gaudino Di Meo | Arquitecta

@gaudi_no

 

Notas:

  1. Huizinga, Johan. (1972). Homo Ludens. P. 221. Madrid: Alianza Editorial.
  2. Repensar Barcelona con mirada de infancia permitiría impulsar los grandes retos de la ciudad.
  3. (2012). Estado mundial de la infancia 2012. Niños y niñas en el mundo urbano. 
  4. (2006). Convención sobre de los derechos del niño.

2 Comentarios

  1. Bravo, más artículos cómo estos! y una cuestión, ¿Cómo se puede medir la valía de estos espacios en la ciudad?

    Espero atento tu respuesta, y te invito a leer mi dirección https://issuu.com/diego.vivas y opinar si te interesa.

    Saludos

    Responder
    • Hola ,Diego:

      Ante todo, muchas gracias por tu comentario. Ciertamente son necesarias más reflexiones, pero también más acciones.

      Respondiendo a tu pregunta, creo que la forma más sencilla de cuantificar la valía de un espacio seguro o de una calle amable es la presencia de niños jugando. Ésta acción, por inocente que parezca, dice mucho del entorno, de sus condiciones y características. El simple hecho de que unos niños puedan estar en la acera jugando es muestra de que esa calle posee una dimensión humana. Y no solo estarán los niños jugando, sino personas que se saludan y se cuentan el día, porque los encuentros tienen facilidad de estancia, hay bancos o árboles que hacen confortable el paso de viandantes, y no hay un ruido ensordecedor ni peligro, porque los autos pasan a una velocidad moderada (20-30Km/h). En este escenario los comercios se nutren de esta vida y las personas tienen acceso a un espacio verdaderamente público y rico en información e intercambios. Creo que un espacio como este es un buen ejemplo de lugar amable, al tiempo que los ciudadanos están plenos con su derecho a la ciudad.

      Me apunto tu enlace, con gusto me paso a leer; gracias por la invitación.

      Un saludo

      Responder

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