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HUERTOS URBANOS: CONCIENCIA AMBIENTAL Y CIUDADES VERDES | SABRINA GAUDINO

HUERTOS URBANOS: CONCIENCIA AMBIENTAL Y CIUDADES VERDES | SABRINA GAUDINO

Integrar la agricultura urbana en las ciudades es un desafío frente a la creciente urbanización en un contexto de crisis económica, ambiental y alimentaria. Esto supone implicación y acción por parte de gobiernos, instituciones y organizaciones, así como la dotación de recursos e infraestructura a las ciudades para introducir huertos urbanos implementados como instrumento potenciador de espacios verdes, conciencia ambiental e integración social. Por otro lado, en el escenario actual es necesario replantear la productividad del territorio y el gasto energético, factores que desde el paradigma ecológico hacen más que evidente la necesidad de desarrollar la infraestructura verde urbana.

La agricultura forma parte del metabolismo social pues es uno de los rubros de sustento vital y económico, sin embargo y pese a su importancia somos ajenos a este proceso. Aunque hace poco más de un siglo se cultivaba dentro de las ciudades, en el imaginario colectivo de buena parte de los habitantes de las metrópolis el origen de los alimentos es desconocido porque la agricultura pasó hace mucho tiempo a ser una actividad segregada de la ciudad como parte del saneamiento de los centros urbanos, la zonificación y las dinámicas productivas de la postguerra. Pero el desarrollo también tiene sus contradicciones, a medida que las ciudades crecen se reduce el territorio disponible para cultivar y los espacios naturales que configuran la infraestructura verde; las ciudades ocupan grandes extensiones de territorio al tiempo que concentran más de la mitad de la población mundial. Además, la propia industrialización y tecnificación de la actividad agraria en países desarrollados desvió progresivamente el interés de la agricultura como fuente de empleo hacia otros campos productivos.

Encontramos ejemplos de huertos urbanos en distintas ciudades del mundo, desarrollados como instrumentos para la cohesión social, la reactivación del espacio público, el ocio o la educación ambiental. Sin embargo, la práctica de la agricultura urbana se desarrolla desde hace décadas; en países como Francia, Alemania, Reino Unido, Canadá y Estados Unidos es una práctica arraigada en comunidades que se benefician del autoconsumo y de una buena calidad ambiental y paisajística de su entorno. En países en vías de desarrollo los huertos urbanos suponen una de las principales fuentes de sustento alimentario y económico de miles de familias. Según los datos que suministra la FAO la agricultura urbana y periurbana se practica por casi 800 millones de personas a nivel mundial, una actividad que produce el 30% de los alimentos que se consumen en las ciudades [1]. Pero son datos que hay que matizar en relación a los niveles de desarrollo y las condiciones socio-económicas de cada país, puesto que en las regiones más pobres del mundo la agricultura urbana es el único recurso para acceder a alimentos y representa una de las principales ocupaciones laborales.

Es evidente que la infraestructura urbana supone beneficios para la ciudad, pues el verde como equipamiento dota de servicios y cumple funciones ecológicas, sociales y económicas. Los huertos urbanos —parte de la infraestructura verde productiva y como estrategia de regeneración— son un medio para activar el espacio público desde la participación ciudadana. Es por esto que los huertos en las ciudades responden a múltiples funciones: aumentan la calidad ambiental, mejoran la calidad del paisaje, permiten recuperar o conservar el paisaje tradicional. Desde la perspectiva educativa, los huertos urbanos son una oportunidad para la educación ambiental, para acercar la agricultura a la ciudadanía y para fomentar o recuperar las tradiciones agrícolas y ecológicas. Sobre estas bases la introducción de la agricultura en la ciudad puede contribuir a: potenciar el interés en la agricultura como opción laboral; generar la autosuficiencia alimentaria; crear modelos de microeconomía local para acercar los alimentos a los ciudadanos y potenciar la producción autóctona, lo que supondría, por ejemplo, una reducción del gasto energético por transporte.

Desde el punto de vista social, los huertos urbanos se proponen también como un instrumento para la cohesión desde la participación en el espacio público. En algunas localidades la idea de activar la agricultura urbana responde a la necesidad de ocio para personas jubiladas y para integrar a personas excluidas o en riesgo de exclusión social, lo que permite establecer relaciones intergeneracionales desde una experiencia que potencia valores culturales y sociales. Esta función del verde productivo se propone como un medio para construir comunidad desde la participación y la gestión comunitaria del espacio público, como una forma de apropiación-reivindicación del lugar y un instrumento contra la degradación del espacio y la exclusión.

Frente los aportes positivos de los huertos urbanos para los ciudadanos el reto supone pasar de tendencias puntuales a crear una verdadera cultura ambiental, y esto requiere de inversión de capital económico y de compromiso ambiental. Si bien es un logro que recientemente la infraestructura verde urbana se haya incluido como instrumento dentro de la planificación territorial; que desde hace décadas exista una presión de colectivos locales y regionales que han generado un potente movimiento a favor de la agricultura urbana; y que iniciativas como el galardón Green Capital premie el compromiso de las ciudades con el medio ambiente, si no se destinan recursos para la construcción de ésta infraestructura seguiremos en la utopía y en la recopilación documental de beneficios y objetivos.

No existe garantía de éxito frente a las crisis que sobrellevamos, esto se potencia con la dificultad de derribar la muralla cultural del combustible fósil y la barrera de los monopolios energéticos y alimentarios. Aún así y ante este paradigma socio-económico, los huertos urbanos son un potente instrumento para crear entornos de aprendizaje con el que potenciar la conciencia ambiental y la responsabilidad ciudadana, para crear modelos de organización que contribuyan a definir nuevas políticas y prácticas sociales; un desafío que puede alcanzarse con la participación conjunta de entes gubernamentales, instituciones y organizaciones públicas y privadas.

Sabrina Gaudino Di Meo | Arquitecta

@gaudi_no

  1. Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO). (2010). Crear ciudades más verdes. En: http://www.fao.org/ag/agp/greenercities/pdf/ggc-es.pdf

 

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