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Todo un campo a desarrollar | Ana Asensio

Todo un campo a desarrollar | Ana Asensio

El medio natural del ser humano hoy es la ciudad. Somos animales del asfalto, de faros de coches en vez de luz de luna, y de señales reflectantes en lugar de árboles y rocas. Por el día salimos a buscar el pan, y por las noches, a respirar, y a cazar. Somos criaturas en movimiento, en transportes colectivos y en pequeñas cajas de metal, interconectados por las redes de comunicación, alimentados por la información, los estímulos y la cultura; contaminados de sonidos y ruidos que a nuestros oídos son como el soplar del viento entre las hojas. Nuestro espacio son las calles, y no es una forma de hablar.

En 2008, la población urbana mundial sobrepasó a la población rural. La humanidad ha sido testigo de uno de los eventos más significativos de su historia: el Homo Sapiens se ha convertido en un Homo Urbanus. El que la ciudad haya vencido cuantitativamente al mundo rural es un hecho remarcable, si se tiene en cuenta que hace tan solo 200 años la existencia humana era fundamentalmente rural, con tan solo un 3% de de la población del planeta residiendo en áreas urbanas. El presente es urbano, y el futuro lo será aún más. Incluso las sociedades menos avanzadas de África y Asia se urbanizan rápidamente, y se espera que para el 2030 no haya un solo continente cuya población sea predominantemente rural.

Fragmento del libro “De Habitat II a Hábitat III, construyendo con escasos recursos en Latinoamérica”. Editado por el Ministerio de Fomento, 2016.

Tan sólo 3 años después, en 2011, el ser humano giró en otro punto de inflexión de la compleja línea de nuestra historia: superamos los 7000 millones de habitantes sobre el planeta; si la tendencia sigue siendo la que es, para el 2050 seremos más de 9000 millones de habitantes. Crecemos a más de 72 millones de almas por año, un crecimiento que es absorbido en un 95% por áreas urbanas, principalmente, de las regiones menos desarrolladas. Al mismo tiempo, el campo continúa despoblándose. Esta inercia del crecimiento urbano obsesiona, no sin motivo, a las organizaciones internacionales, lo que se refleja en la cantidad de políticas puestas en marcha para asegurar un futuro urbano sostenible, inclusivo, donde la equidad, la inclusión, incluso la ecología, sean nuestras compañeras de aventura.

The New Urban Agenda, esbozada durante Hábitat III (Conferencia de las Naciones Unidas sobre Vivienda y Desarrollo Urbano Sostenible) es un ejemplo de ello, y su implementación se trabaja ya día a día en los ayuntamientos de las principales ciudades a nivel global.

Tanto la población, las actividades económicas, las interacciones sociales y culturales, como los impactos ambientales y humanitarios, se concentran cada vez más en las ciudades; esto plantea desafíos de gran sostenibilidad en términos de vivienda, infraestructura, servicios básicos, seguridad alimentaria, salud, educación, trabajo decente y recursos naturales, entre otros.

Desde las Conferencias de las Naciones Unidas sobre los Asentamientos Humanos en Vancouver en 1976 -Hábitat I- y en Estambul en 1996 -Hábitat II- y la adopción de los Objetivos de Desarrollo del Milenio en el año 2000, hemos visto mejoras en la calidad de vida de millones de habitantes urbanos, incluyendo habitantes de asentamientos informales y tugurios. Sin embargo, la persistencia de múltiples formas de pobreza, desigualdades crecientes y degradación ambiental, siguen siendo los principales obstáculos para el desarrollo sostenible en todo el mundo, junto con la exclusión social y económica y la segregación espacial a menudo una realidad irrefutable en las ciudades y asentamientos humanos.

Todavía estamos muy lejos de abordar adecuadamente estos y otros desafíos actuales y emergentes; y se deben aprovechar las oportunidades de la urbanización como motor de crecimiento económico sostenido e incluyente, desarrollo social y cultural y protección del medio ambiente y sobre sus posibles contribuciones al logro del desarrollo sostenible y transformador.

Fragmento de la introducción “Declaración de Quito sobre Ciudades Sostenibles y Asentamientos Humanos para todos”, en el documento del “Proyecto de Nueva Agenda Urbana”, septiembre de 2016.

Es todo muy bonito y loable, pero cómo ha desaparecido la palabra “rural” del vocabulario internacional es también preocupante. Cierto que el crecimiento urbano es el hito de este siglo, pero la población rural, aunque en descenso ¿natural?, no se ha volatilizado. De hecho, sigue viva, y luchando.

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Tabla 1. En rojo, población urbana, en azul, población rural. Datos de las Naciones Unidas, 2014. Como vemos, aunque la población urbana crece exponencialmente, y la rural desciende, ésta no lo hace de manera radical. Comprobamos que el crecimiento urbano absorbe el aumento demográfico, sin que esto signifique que la población rural desaparezca. Y esa población necesita oportunidades.

Y es que la ciudad no es el medio natural para todo el mundo, ni incluso hoy. Y es parte de la libertad personal el elegir dónde quiere uno vivir, y de qué modo. Hay motivos por los que unas personas luchan toda su vida por pagar esa hipoteca de 6 cifras para el pisito en el barrio de Madrid que les permite ir a trabajar cada día, y a la montaña o el parque los fines de semana. Otras personas prefieren invertir 30.000€ por una casita de piedra en Galicia, con terreno para una huerta y aire puro. Es un derecho universal.

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Sin embargo, cada vez hay menos políticas de desarrollo rural en detrimento de las urbanas, menos financiación de cooperación al desarrollo para proyectos en áreas rurales, y así sucesivamente.

En España, en un país donde la escala de las ciudades y los pueblos no se diferencia radicalmente como en otras partes del mundo, donde la distancia entre ellas no marca un aislamiento insalvable, se hace extraño comprobar la falta de atención sobre el campo como hábitat. Carencias en educación y oportunidades laborales son el principal motivo de abandono del campo en detrimento de las urbes. Sin embargo, habría que preguntarle a esas personas del éxodo rural si se marchan por una búsqueda de un mayor abanico de opciones, motu propio… o si se van porque no tienen otra opción. Es decir, habría que preguntarles: ¿queríais vivir en vuestro pueblo, y os veis obligados a marchar?

Y es que nuestros pueblos y campos se están viendo forzados al abandono, no como las campañas televisivas sobre despoblación suelen mostrar. Realmente, quien abandona el campo no son los que se marchan, sino las políticas que dejan el desarrollo rural en una marginalidad total.

Las carencias en telecomunicaciones, en transportes, en educación, no son absolutamente insalvables, y menos en un lugar como España. Con internet, transporte público y escuelas, tendríamos el gran salto ganado, que comenzaría a abrir infinidad de posibilidades laborales. Hoy en día muchos trabajamos sin necesidad de estar en un lugar fijo, somos nómadas digitales, aborígenes de la red. Por qué entonces no podemos edificar nuestro hábitat en un entorno rural, y consumir allí, y educar a nuestros hijos allí, comenzando a girar una rueda que rápidamente andaría sola.

Por qué nos obsesiona la smartcity y la sostenibilidad urbana hasta tal punto que olvidamos que el desarrollo urbano y rural son interdependientes, que para asegurar un buen futuro urbano, el campo y los pequeños núcleos habitados que lo tejen, deben estar vivos. La smartcity debe ser suficientemente inteligente como para no sentirse absolutamente autónoma. La ciudad no puede vivir sin el campo. El campo no puede vivir sin la ciudad.

Enlaces relacionados, lecturas recomendadas:

La smart city africana se llama pueblo, en El País: “África no es un país”.

Quiero quedarme en mi pueblo, eldiario.es

Entrevista Sende, Senderiz, AAAA magazine (en publicación, esta semana)

Texto New Urban Agenda, UN

Ana Asensio | Arquitecta

@AnaArquitectura

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