Escuela inclusiva. Parte 1: una aproximación general | ANA ASENSIO

Escuela inclusiva. Parte 1: una aproximación general | ANA ASENSIO

Escuela de Ccolcaiqui. Cuando el mayor de los niños pase a secundaria, no contarán con el mínimo requerido para tener escuela primaria (6 niños). Perú, 2017. Foto Ana Asensio

 

La educación es la base de todo. Esto lo sabemos, lo tenemos asimilado, es una frase común en la punta de la lengua. Igual de común que es ser consciente de la afirmación, debe ser el enumerarnos y recapitular por qué es la base de todo; recordar todos los problemas que se vinculan a ello, y buscar soluciones. Por eso no está de más dedicar unas palabras a reflexionar sobre la escuela que queremos y debemos construir (metafórica y materialmente), y el papel de la arquitectura en esa labor.

Podríamos hacer una analogía, y ver la escuela como un píxel de la sociedad. Una escuela es un micromundo que forma parte de nuestra construcción cultural y que a su vez edifica los cimientos de ésta, una replica en miniatura de la sociedad al completo. Sin una escuela que asegure el derecho a la educación de todas las personas sin distinciones de ningún tipo, la sana convivencia y la proyección de los sueños, no podremos optar a una sociedad igualitaria, libre, justa.

En contextos vulnerables o de grandes desigualdades, el valor del derecho de la educación se hace crucial para avanzar hacia la consecución y blindaje del resto de los derechos humanos. “La educación es un derecho humano fundamental, esencial para poder ejercitar todos los demás derechos. La educación promueve la libertad y la autonomía personal y genera importantes beneficios para el desarrollo. […] La educación es un instrumento poderoso que permite a los niños y adultos que se encuentran social y económicamente marginados salir de la pobreza por su propio esfuerzo y participar plenamente en la vida de la comunidad.”[1] Nuestra cultura es nuestra independencia, y la educación, la llave para un desarrollo humano posible.[2]

 

.Hora del deporte en el colegio rural de Totora (Ccorca), una de las comunidades con mayor desnutrición infantil de todo el Perú. Perú, 2017. Foto Ana Asensio

 

Desde los años 90, el desarrollo humano se puede medir a través del IDH, un indicador que persigue valorar a los Estados en función de la riqueza de las vidas humanas [3], de la calidad y opciones de vida, y no únicamente del capital. Un PIB muy alto no tiene por qué verse reflejado en la proyección de una sociedad mejor donde existan más y mejores oportunidades y condiciones para todos. “El crecimiento económico es un medio que contribuye a ese proceso, pero no es un objetivo en sí mismo”[4]. Este cambio de mentalidad lo introdujo el economista paquistaní Mahbub ul Haq apoyándose en las teorías de su compañero, el economista indio Amartya Sen, para analizar a los diferentes países a través de variables compuestas, en oposición a las usadas tradicionalmente.

El IDH es calculado desde entonces por el PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo) y publicado en su informe anual, significando a día de hoy el estándar entre países para los estudios de desarrollo y bienestar social. Para calcular su valor se tienen en cuenta tres dimensiones, que darán lugar a unas variables de las que obtener una media aritmética: salud, educación y riqueza

  • Salud, o tener una vida larga y sana: se contabilizarán la esperanza de vida al nacer y el promedio de edad de las personas fallecidas en un año.
  • Educación, o acceder al conocimiento necesario para un buen desempeño social y laboral. Se contabilizará el nivel de alfabetización adulta y el nivel de estudios alcanzado (primaria, secundaria, estudios superiores).
  • Riqueza, o gozar de un nivel de vida digno. Se empleará el Ingreso familiar per cápita, ajustado por el PIB por año, y por el Programa de Comparación Internacional del Banco Mundial.

 

Dando una clase a Mujeres Lideresas, educacion para adultos. San Jeronimo, Cusco, 2017. Foto Antonio V. Sotgiu

 

La elaboración del informe sobre Desarrollo Humano, creado simultáneamente con el IDH en 1990, marca un antes y un después en la concepción de la idea de desarrollo, y sitúa a la educación en el centro de ésta, en el mismo plano comparativo que la economía o la salud. Además, en 2011, el PNUD añadió una mejora: el índice de pobreza multidimensional (IPM), que mide las desigualdades dentro de una sociedad, y las consecuencias de ésta, a través de microdatos concretos de la pobreza en los hogares, en las materias de salud, educación y nivel de vida. Y es que la pobreza no es una cuestión de ingresos, nuevamente. “La pobreza se manifiesta en casi todos los ámbitos de la vida humana como la salud, la educación o el empleo, lo que la convierte en un fenómeno, sin duda alguna, multidimensional”.[5]

Esta naturaleza transversal de la pobreza hace que unas carencias retroalimenten a otras, y por lo tanto, que podamos ver su afección en la salud de las personas, sus condiciones de vida, y en su educación. El hogar y la escuela se vinculan, y la vida dentro de cada uno de esos espacios construidos afectará al desarrollo de la persona en ellos, de forma interrelacionada.

Todas las transformaciones sociales pasan por la educación; es una responsabilidad colectiva y un derecho individual, y debemos luchar por ella desde todos los ámbitos, especialmente en esos lugares sesgados por la pobreza. Es por tanto, la escuela, un lugar necesario y de vital importancia; necesitamos tener presente cuáles son los valores que representa y qué significan para la comunidad, para permitir su adecuada creación y desarrollo: ser inclusiva, en el sentido más general del término, y significar un punto central para el desarrollo de la vida y conciencia comunitaria.

Visita a Madagascar del equipo de Entreculturas a Fe y Alegría Mada con sus proyectos de mejora y nueva construcción de escuelas, 2015. Foto Marta Leboreiro Núñez

 

El término de educación global o inclusiva está muy presente en la UNESCO desde la entrada del siglo XXI, para promover el acceso en el sistema educativo formal de todos los niños con necesidades especiales por discapacidad, dificultad de acceso, medios reducidos y un largo etcétera; la idea es, por tanto, conseguir que el sistema de educación no excluya a ningún niño:

“[…] existe un creciente interés en todo el mundo por la idea de una “educación inclusiva” como quedó de manifiesto en la 48ª Conferencia Internacional sobre esta misma temática auspiciada por la UNESCO y el BIE en el 2008. […] A escala internacional, el término es visto de manera más amplia como una reforma que acoge y apoya la diversidad entre todos los alumnos:

La educación inclusiva puede ser concebida como un proceso que permite abordar y responder a la diversidad de las necesidades de todos los educandos a través de una mayor participación en el aprendizaje, las actividades culturales y comunitarias y reducir la exclusión dentro y fuera del sistema educativo. […] [6]

 

Visita a Madagascar del equipo de Entreculturas a Fe y Alegría Mada con sus proyectos de mejora y nueva construcción de escuelas, 2015. Foto Marta Leboreiro Núñez

 

Desde tal perspectiva se asume que el objetivo final de la educación inclusiva es contribuir a eliminar la exclusión social que resulta de las actitudes y las respuestas a la diversidad racial, la clase social, la etnicidad, la religión, el género o las aptitudes entre otras posibles. Por tanto, se parte de la creencia de que la educación es un derecho humano elemental y la base de una sociedad más justa (Blanco, 2010)”.[7]

Desde el campo que nos abarca, la arquitectura, tendremos que analizar todas las problemáticas existentes y perspectivas para, a través de la creación de espacios comunes y sociales, o protectores, permitir el desarrollo de los niños y la participación de la comunidad en la responsabilidad común de la educación. Estas problemáticas pueden tener raíces sociales y culturales, económicas y políticas, así como geográficas y climáticas muy diversas. Éstas, por supuesto, dependerán de cada contexto; por ello, tras esta introducción de marco teórico, vamos a tratar de visualizar unas situaciones tipo, a partir de un caso de estudio concreto: un prototipo de escuela inclusiva y paraciclónica para la ONG Fe y Alegría (Madagascar), que desarrollamos, a través del Instituto de Cooperación y Habitabilidad Básica, el equipo formado por Ester García Galindo y yo en 2017, y que podréis leer en el próximo texto (parte 2).

[1] Leading the International Agenda. Right to Education. Unesco, 2014

[2] Autorreferencia: frase con la que se introduce la reflexión final de nuestro documental “Lugar uno. Valle del bajo Huatanay”, de la serie documental “Habita, relatos de memoria e independencia”, 2017

[3] IDH 2016

[4] Informe nacional de desarrollo humano Guatemala, 2016

[5] Índice de Pobreza Multidimensional – Metodología.  Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC), Costa Rica. ISBN: 978-9930-525-02-9 1

[6] UNESCO, 2005, pág. 14, citado por Gerardo Echeita y Mel Ainscow en el artículo (ver cita completa: nota al pie 7)

[7] “La Educación inclusiva como derecho. Marco de referencia y pautas de acción para el desarrollo de una revolución pendiente”. Artículo de Gerardo Echeita, Universidad Autónoma de Madrid (España) y Mel Ainscow, Universidad de Mánchester (Reino Unido).

 

Ana Asensio | Arquitecta

@AnaArquitectura

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