La Morada de la Intimidad | ANA ASENSIO

La Morada de la Intimidad | ANA ASENSIO

En algún lugar de la memoria se almacenan, mezcladas en batiburrillo, todas nuestras vivencias y sentimientos, grabados a fuego como una imagen estática, o alterados por el romanticismo y la nostalgia. La memoria no tiene un puesto concreto de “almacenaje” en el cerebro, sin embargo, se trata de un lugar al que a veces viajamos; a veces cobija secretos, abriga sentimientos, oculta miedos, construye ideas y cimenta obsesiones.

La memoria tiene ciertas analogías metafóricas con la arquitectura, y otras no tan metafóricas. La arquitectura es una edificación de la memoria; el legado arquitectónico es un medio físico para reconocer y leer memorias comunitarias; a su vez la arquitectura permite la intimidad que hace posible la creación de memoria individual, e inevitablemente se asocia a ella. Así la relación entre memoria y arquitectura es totalmente bidireccional, y se retroalimenta constantemente.

“[…] al igual que el pensar, el construir le da apertura al ser, crea un mundo, un espacio habitable, y es en el propio habitar donde se percibe el sentido de este espacio y el pensar acoge e instala al ser.”, dijo Vásquez Rocca en su artículo “La Arquitectura de la Memoria. Espacio e Identidad”, donde hablaba de cómo el habitar y el construir están estrechamente vinculados con el pensar, y cómo la arquitectura consistía en crear espacios donde la mente del individuo pudiera habitar el lugar. Esta mirada asimila nuestra propia mente como arquitectura, albergando nuestra memoria.

 

Ana Asensio - Arquitectura.

(Ana Asensio)

Al igual que la arquitectura, en cuyas técnicas constructivas, soluciones, movimientos, relaciones que genera, etcétera, se pueden leer milenios de conocimiento, pruebas, alteraciones, influencias y mutaciones, lo mismo ocurre en nuestra memoria. De alguna manera, en ella tenemos impresos trazos que vienen desde nuestros ancestros hasta el momento presente, generando unos rasgos culturales inevitablemente unidos a ese lugar, y a los personajes que lo han poblado. En ese viaje al y desde los orígenes, en el que se han ido sumando láminas físicas y morales a nuestra propia experiencia presente, superpuestas como escamas de un pez, habrá recuerdos y olvidos, miradas nostálgicas y manipuladas, ideas enterradas, e incluso percepciones involuntarias que crecen dentro de nosotros para generar reminiscencias de lo que ni si quiera nos percatamos en su momento.

 

Decía la escritora chilena Maria Luisa Bombal, “cada uno lleva en el fondo de su alma una tragedia que se empeña en ocultar al mundo. Y esa tragedia íntima es la que desbarata las energías, concluye con la salud y produce en el espíritu un estado constante de alarma”[1]. Ese “yo privado” es el habitante de lo que podríamos considerar la morada de nuestro cuerpo y mente. A través de ella pasarán tamizadas todas nuestras percepciones sensitivas, sensoriales e intelectuales, pues se sumarán como capas de pintura a ese espacio de intimidad.

 

Heidegger alude, a través de la imagen de la casa, al sentido espiritual del hogar como espacio en el que se produce la unidad espiritual de los seres humanos con las cosas. […] “Todo espacio realmente habitado contiene la esencia del concepto de hogar, porque allí se unen la memoria y la imaginación, para intensificarse mutuamente. En el terreno de los valores forman una comunidad de memoria e imagen, de tal modo que la casa no sólo se experimenta a diario, al hilvanar una narración o al contar nuestra propia historia, sino que, a través de los sueños, los lugares que habitamos impregnan y conservan los tesoros del pasado. Así pues, la casa representa una de las principales formas de integración de los pensamientos, los recuerdos y los sueños de la humanidad. Sin ella, el hombre sería un ser disperso”. Aquí podemos notar el paralelismo entre la casa y el cuerpo como depósito de memoria. “No sólo los recuerdos, también las cosas que hemos olvidado están ‘almacenadas’. El alma es una morada. Recordando las casas y las habitaciones aprendemos a mirar dentro de nosotros mismos.[2]

Ana Asensio Arquitectura

(Ana Asensio)

 

Pero, es curioso que “íntimo” y “privado” vengan a utilizarse muchas veces indistintamente. Viniendo “privado” del verbo “privar”, nos dice mucho sobre lo que muchas veces le hacemos a ese “yo”: esconderlo hasta que se marchita. Tratando la memoria individual, y a través de esta analogía psicológica con el espacio íntimo clausurado, podemos decir que esa vivienda primordial habitada, ese origen que será filtro de interpretación de toda percepción, no es nada sin sus ventanas al exterior, sin la relación con el resto de moradas, y los espacios comunes entre ellas. Estamos hablando del imaginario colectivo, los lazos sociales y las conexiones culturales. Lo que Maurice Halbwachs esculpió en un concepto llamado “memoria colectiva”.

La memoria individual es un gran documento selectivo, impredecible, incontrolable, un gran lugar habitado por pensamientos. La memoria colectiva es un lugar urbanizado y regido por una serie de normas, tabúes, prohibiciones y sugerencias.

“Podemos admitir que la sociedad produce “percepciones fundamentales” […] que, por analogías, por uniones entre lugares, personas, ideas, etc., provocan recuerdos que pueden ser compartidos por varios individuos, incluso por toda la sociedad. […] podemos afirmar que existen configuraciones de la memoria características de cada sociedad humana pero que, al fin de cuentas, en el interior de estas configuraciones cada individuo impone su propio estilo, estrechamente dependiente por una parte de su historia, y, por otra, de la organización de su propio cerebro que, recordemos, siempre es única.[3]

 

(Ana Asensio)

 

Esta interpretación individual de la memoria colectiva, que el individuo suma a su propio espacio de intimidad y sus percepciones sensoriales y emocionales, lleva directamente a valorar los límites entre la una y la otra, las fronteras, los muros de la morada:

¿Qué ocurre si se pierde la intimidad en el espacio de la memoria individual? ¿si ésta es conquistada en un allanamiento de morada por la memoria colectiva, esa marcada por decantaciones, ideologías, ideas admitidas, acuerdos sociales, derechos, deberes, poderes? En la magistral novela “1984”, George Orwell describe una sociedad distópica controlada por un estado totalitario donde el poder es absoluto, llegando a controlar no sólo el presente, sino el pasado y futuro, mediante la vigilancia total de la intimidad, y la destrucción de la memoria, es decir, la desaparición de todo brote de conciencia individual (aparentemente) y grupal. En este mundo, donde el único valor por el que se vive y muere es el propio poder, se representa mediante una vaga imagen ese valor, personalizado en “el Gran Hermano”, que todo lo ve, todo lo escucha, y todo lo dispone. Es curiosa esta relación con lo percibido por los sentidos, no para generar una memoria individual, sino para interferir en las memorias individuales del resto. En las viviendas, espacios de trabajo, en la calle, y en todo lugar habitado o transitado por el hombre en la novela de 1984, la vigilancia como una “policía sensorial” elimina los muros del espacio de intimidad. La policía del pensamiento se encargará de que esas leyes no escritas se cumplan: leyes en las que cualquier expresión emocional o intelectual (lo que implica que el pensamiento y sentimientos habiten un espacio de intimidad) implican una traición. El sexo, las emociones, ciertos grados de comunicación, y las ideas propias, están prohibidas, y atentan contra el Estado. Este control mata la libertad del pensamiento (la mayor falta que se puede cometer es el crimen de pensamiento, o “crimental”) que habita nuestra morada, e impide fraguar la propia memoria. Sin esa memoria, todo el estado, como un círculo vicioso, se “autocontrola”, destruyendo todos los posibles lazos y acuerdos sociales. Esto lo expresará muy bien Joël Candau en la introducción de “Antropología de la memoria” (1996):

Sin memoria, el sujeto se pierde, vive únicamente el momento […] Su mundo estalla en pedazos, y su identidad se desvanece. […] Sin memoria no hay más contrato, alianza o convención posible, no hay más fidelidad, no hay más promesas (¿quién iba a recordarlas?), no hay más vínculo social y, por consiguiente, no hay más sociedad, identidad individual o colectiva, no hay más saber, todo se confunde y está condenado a la muerte, “porque es imposible comprenderse”.[4]

 

(Ana Asensio)

 

Hay una relación directa entre libertad, intimidad y sociedad. Sin el espacio de intimidad y la memoria que alberga, la sociedad no es posible. Sin la casa que cobija el pensamiento, las estructuras construidas por el hombre se desmoronan. La arquitectura muere, si muere la intimidad.

“No hay verja, candado ni barrera que pueda imponerse a la libertad de mi mente” (Virginia Woolf en “Una habitación propia”).

Ana Asensio | Arquitecta

@AnaArquitectura

Notas:

[1] Fragmento de Maria Luisa Bombal. Selección de entrevistas, por Mario Vergara Z: “Maria Luisa Bombal, la escritoria que busca el secreto del subconsciente”, Maria Luisa Bombal. Obras completas (1996). Editorial Andrés Bello. 1996. Compiladora Lucía Guerra.

[2] Adolfo Vásquez Rocca: “La arquitectura de la memoria. Espacio e identidad”, Revista Cuadernos de Filosofía 22 (2004) pp.163 – 176

[3] Joël Candau: Anthropologie de la memoire, Paris: Presses Universitaires de France, 1996, p 60 – 63

[4] Joël Candau: Anthropologie de la memoire, Paris: Presses Universitaires de France, 1996, p 5 – 6

 

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