LOS CAMINOS DEL CAMPO SON INESCRUTABLES (PARTE I) | ANA ASENSIO

LOS CAMINOS DEL CAMPO SON INESCRUTABLES (PARTE I) | ANA ASENSIO

Los hábitats rurales no son homogéneos, ni tampoco lo son las miradas que se proyectan sobre ellos. La percepción que se tiene sobre el mundo rural, y por tanto las maneras de interactuar con él o de desarrollarse que se imponen a través de los imaginarios colectivos, también son diversas.

La andadura de pueblos, aldeas, pedanías o hábitats dispersos, sigue caminos más o menos clasificables a grandes rasgos; revisar esos casos nos puede llevar mejorar sustancialmente tanto las miradas ajenas sobre lo rural (y sus interacciones) como las propias (y su identidad y proyección exterior). Cambiando la mirada se cambia el mundo.

A) Musealización

Algunas poblaciones rurales han destacado por poseer una belleza especial, una historia que en el paisaje, la trama urbana y la extrusión de sus viviendas e infraestructuras se ha materializado de manera sutilmente hermosa o particular. Muchos son los pueblos bellos, pero no todos son tocados por ciertas políticas que, pretendiendo conservar y poner en valor (además de la constante necesidad de generar un desarrollo económico) acaban deteniendo bruscamente los lugares en un punto de la línea del tiempo. El turismo, fiel aliado de la musealización de los lugares, es el único que acaba añadiendo una capa que se superpone a esa belleza intrínseca, el único con la potestad de añadir transformación física al superprotegido y superconservado lugar. Esa población tiende poco a poco a su muerte como espacio vivencial, como hábitat, para convertirse en los pasillos de un Louvre donde los muros son las propias obras expuestas, y donde los bares, cafeterías y tiendas del museo campan a sus anchas.

En la imagen, una captura de Santillana del Mar, en Cantabria, donde un día fui a pasear ya que siempre había oído que era un “pueblo muy bonito”. La verdad es que no fui a un pueblo, fui a un museo sin saberlo, donde un guardia nos guió hasta la zona de parking, y donde si me quedaba parada ensimismada en mis pensamientos alguien me decía “disculpa, ¿¿te puedes quitar de nuestra foto??, ¡perdona!, ¡es que nos estamos echando una foto!”. Me sentí aliviada cuando, buscando agobiada la salida de allí, en la última calle, encontré una casita de la que salió en pijama un hombre y se perdió en la vereda al huerto.

 

Santillana del Mar, 2018. Foto Ana Asensio

B) Folclorización

De nuevo víctima de su belleza, como el film de Malena, pero con matices diferentes. Esta vía de desarrollo de las poblaciones rurales opta por la exteriorización constante de lo identitario, reducido a lo floclórico y pintoresco, a lo que se le suma como aderezo todo aquello folclórico y pintoresco que combine bien con sus rasgos identitarios. Se convierten los pueblos en un batiburrillo de muestras de cuán típico y particular se es, aunque parte de ello sea simplemente falso, importado, o aliño. Por supuesto, el turismo también es un buen amigo de la folclorización, en un proceso que, a diferencia del anterior, no detiene lo patrimonial en el tiempo, sino que lo deforma, adorna, le pone música y guirnaldas y le toca las castañuelas, haciendo del patrimonio material e inmaterial una especie de obra del Moulin Rouge. Todo patrimonio popular es fácilmente guiable por esta senda del hiperfolclore.

 

Chauen. courtesía de http://turismomarruecos.net

C) Teatralización

En ocasiones, este tipismo se enfrenta con las aspiraciones reales de la población, que en el fondo ven su entorno construido un lugar de atraso, alejado de los lujos de la modernidad. Si esta mirada aspiracional de los asentamientos rurales se orienta hacia lo urbano (o urbanita), desde entornos más empobrecidos se hace hacia lo importado, lo occidental, y todo Dorado que idealiza una idea de desarrollo que camina de la mano de la prosperidad. ¿Y qué representa mejor el desarrollo que el material estrella, el cemento? Aquí es donde empieza a liarse la madeja de la confusión.

Nos encontramos ante poblaciones que abandonan sus construcciones populares, aquellas que necesitan un mantenimiento anual (encalar, limpiar techos, guiar las aguas, desinfectar…) para construirse una nueva asumiendo que por emplear el cemento (u otros materiales industrializados), a rasgos generales, es mejor, más moderna y de mayor estatus social. Lo cierto es que en numerosas ocasiones esos materiales y nuevas tipologías constructivas no son empleadas con conciencia, al asumir per se que son mejores en cualquier circunstancia, produciendo un hábitat inhabitable. Pero no olvidemos de por dónde comenzamos: la belleza de un tipismo habitacional y un paisaje cultural que hay que hay que azuzar y corear para que esa carroza de monedas que se entiende por turismo no pase de largo. El turismo quiere lo popular, pero su población ya no quiere construir así (puede que ya no sepa construir así); pues lo escenografiamos.

 

Ana Asensio, 2012

 

Estas imágenes son de un pueblo en el valle del Draa, Tamnougalt, al sur de Marruecos y cerca de la frontera con Argelia. El Draa destaca en el paisaje seco y rocoso como un río verde, un paraíso de dátiles que alberga construcciones de leyenda, los qsar y sus kasbah, construidos en tapia alcanzando alturas magistrales. La población poco a poco abandona el qasar para levantar un nuevo pueblo junto a él que permite la mejora de la calidad de vida de la modernidad a la que se aspira. El nuevo pueblo es de bloque de hormigón y poco más, en un territorio que alcanza temperaturas apocalípticas. Es literalmente inhabitable, por no hablar del coste que requiere la importación del material, o el sobrecoste energético que les conlleva al verse obligados a climatizar. Para poder acoger turistas, se construyen hotelitos de bloque de hormigón imitando las antiquísimas kasbah, que luego se revisten de barro; ni que decir tiene que muchos turistas entran a ellas creyendo que están en una obra de la arquitectura en tierra, a pesar de los 45ºC que puede haber en el interior de unos muros donde la inercia térmica brilla por su ausencia. Las instalaciones necesarias para sostener esta infraestructura a veces provocaban apagones en el pueblo nuevo, y así sucesivamente, en un despropósito de escenografía de lo popular causada por lo que el libro de Rist llamaría “el desarrollo, historia de una creencia occidental”.

D) Exotización (próximamente artículo dedicado en El País)

Este caso podría consistir en el opuesto al anterior, encontrando en el habitar popular del entorno rural más aislado o precario, su lugar; solo que como siempre, en todo hay matices. Nos encontramos ante poblaciones que valoran su paisaje y quieren continuar en él, pero que sienten el peso de una falta de comunicaciones y relaciones que afectan a su prosperidad diaria; a esto se suma un descenso de la productividad de un suelo cada vez más agotado, y sometido a estrés por la variación de condiciones causada por el cambio climático. Su forma de vida con una economía básica de subsistencia choca de manera frontal con la vida encarecida de las ciudades, muchas de ellas al servicio del turismo, que establecen un hándicap altísimo para los pobladores rurales.

Las comunidades en esta situación, antiguamente subsistentes por la agricultura y el pastoreo, hoy encuentran una esperanza en un tipo de turismo llamado vivencial. El turismo vivencial, especialmente desarrollado en Latinoamérica, no es análogo a nuestro “turismo rural” que en los 90 vino para imponerse como concepto sobre lo que antiguamente era simplemente “ir de pueblos”. Este concepto (en práctica en el último lustro) se basa en la inmersión local, por lo que ganan un especial peso los lugares más rurales o aislados, sumando un plus “explorador” a ese turista que paga por vivir la experiencia. No hace falta decir que numerosos viajeros portan una mirada paternalista sobre estos lugares que “admiran” por su vida “primitiva”, mientras veladamente se admiran también a sí mismos por “haber llegado allí”. Al mismo tiempo, a las comunidades huésped les genera una especie de horizonte único en el que servir al turista se convierte en su principal opción. Estando trabajando en mejoramiento de vivienda rural indígena en los valles aledaños a la ciudad de Cusco (2017), algunos vecinos me contaban “estamos arreglando nuestras casitas, queremos avanzar, mejorar, y así podremos traer grupos de turistas”; otros, explicaban “si metes cemento ya cambia la escenografía… los turistas no quieren casa de cemento”, o “esto es terreno virgen, aún no hay turismo por aquí; deberían venir las agencias a estudiar la accesibilidad, ver por dónde se podría entrar”. Resulta agridulce este proceso en el que la arquitectura popular se mantiene y mejora, se recuperan variedades perdidas de tubérculos y cereales, se trabaja en comunidad o se mejoran las comunicaciones… pero no realmente por los propios habitantes, sino por los visitantes, que inevitablemente transformarán una forma de vida en la representación de sí misma donde lo precario o primitivo resulta exótico.

Foto: Ana Asensio, 2017

E) Inclasificable

En lo que a caminos seguidos por poblaciones rurales se refiere hay casos del todo inclasificables, pero que dan muchos datos sobre esa necesidad de ser situados en el mapa y atraer visitantes. El ejemplo más descolocante que conozco es el caso del pueblo de Júzcar, en la serranía de Ronda (Málaga). Este pueblo tan común como cualquier otro fue tocado en 2011 por una varita mágica llamada Sony Pictures, que decidió que este lugar acogería su gran estreno del año: la película de Los Pitufos. Para ello, los 200 vecinos dieron su consentimiento para que el pueblo entero fuera pintado de azul, todas las viviendas, y hasta la iglesia y el cementerio. La vida del pueblo cambió, comenzando a recibir visitantes en aumento exponencial y situando Júzcar en el mapamundi como el primer “Pueblo Pitufo” del mundo.

Cuando la productora, finalizada la campaña, planteó restituirles sus viviendas tal y como las cedieron, la población votó de manera unánime un “no”: el pueblo se quedaría azul. Además, comenzaron a ir adaptando sus pequeñas infraestructuras al turismo (hostelería, aparcamiento, servicios públicos…). A los pocos meses no había población en paro. Tanto fue así que los herederos de los personajes de animación hace unos años comenzaron a exigir al ayuntamiento que les debía retribuir un porcentaje (no bajo) de sus ingresos totales en concepto de derechos de marca (batalla legal que el ayuntamiento ha perdido). Hoy el “pueblo pitufo” no puede ser más llamado así, oficialmente, ni exhibir figurines por sus calles ni beneficiarse de una explotación económica de estos personajes de ficción; sin embargo, su color azul, sus celebraciones y sus visitantes se mantienen. Y todos felices. Los caminos del destino son inescrutables.

 

Foto: cortesía del Ayuntamiento de Júzcar http://www.juzcar.es

Segunda parte del artículo próximamente…

Ana Asensio | Arquitecta

@AnaArquitectura

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